La infancia y adolescencia son esas etapas de la vida que dejamos atrás y a la que no se puede regresar, pero en ocasiones de la que uno no sale. La infancia nos moldea, nos forja y lo que somos en la actualidad tiene ahí su tronco, con sus correspondientes raíces introducidas en la tierra del pasado, de tal manera que en ocasiones esa infancia/adolescencia siguen dominando e influyendo en nuestra edad madura.
Para
algunos su infancia fue una etapa dura o difícil y para otros la vivieron con
cierto encanto. En ambos casos ha sido época clave para el desarrollo de su
personalidad y comportamiento. (Literatura y estudios, sobre esto, hay para dar
y tomar, principalmente en todos los desarrollados por la psicología evolutiva
y sus teorías de la conducta y del comportamiento. Hay casos explícitos de
patrones de comportamiento adquiridos en la infancia y hasta en el mismo
momento de nacer, según haya sido el embarazo y el alumbramiento).
El
niño posee toda la vulnerabilidad, muestra sus espontáneas emociones, tiene la
necesidad de tacto y de contacto. Cariño y soporte son para él necesarios. En
ocasiones estos elementos se ven mutilados. Son raíces no cuidadas e
imprescindibles para su existencia futura. Una existencia enfocada en “lo que
se debe” y lo que “se tiene” que hacer, utilizando en más de una circunstancia
el castigo, el reproche y la censura como método de aprendizaje de una “buena
conducta” … Un niño/a bueno/a debe… un hijo/a bueno/a tiene que… y de esta
manera nos van recortando nuestros brazos y nuestras alas y en cierta parte
mutilándonoslos debido a los prejuicios, miedos, imperativos sociales, … y por
supuesto incluyendo las expectativas familiares.
De
esta manera, poco a poco, de forma sutil y apenas imperceptible nos vamos
desconectando de nuestro ser interno, de nuestro sentir, de nuestras
necesidades y en definitiva de nuestra esencia, creándonos una gran confusión
entre el propio deseo, necesidad,y los deberes heredados tan grabados dentro de
nosotros….!!qué angustiosa confusión esta!! Pero así fue, porque quienes nos
educaron tampoco sabían hacerlo de otra manera, simplemente actuaban como mejor
sabían y podían con el objetivo de que fuéramos felices, o al menos que no nos
faltara lo imprescindible.
Era
su forma de amarse y de amarnos y tuvieron actitudes y dijeron mucha cosas y
realizaron otras tantas que, a veces, minaron nuestro amor y en ocasiones
nuestra dignidad provocando, en algunos casos, (y esto bajo nuestra
interpretación) bloqueos, inseguridades, miedos,… Conforme fuimos creciendo,
este niño herido se quedó atrás, guardado en algún rincón de nosotros, en algún
escondrijo de nuestro cuerpo esperando que le demos atención, cariñó, respeto y
aprecio….eso que perdimos en algún momento de nuestra existencia. Cuando
llegamos a la edad adulta tenemos comportamientos, hábitos, formas de actuar y
reaccionar, fruto de aquellas situaciones infantiles, que nos hicieron
aprender, y la mayoría de nuestras actuaciones responde, a veces, de manera
desproporcionada a los estímulos y experiencias que recibimos en nuestra edad
madura.
Este
ser que mostramos ES NUESTRO NIÑO INTERIOR HERIDO. Cuando nos alejamos de
nuestras cualidades innatas, cuando nos volvemos tensos, irritables y
desconfiados, cuando dejamos de gozar y de ver el mundo de forma novedosa,
cuando dejamos de sorprendernos, cuando nos hacemos solitarios y la amargura
nos rodea y nos embarga la soledad y la tristeza,… conectar con nuestra parte
dañada y tomar consciencia del conflicto interno que el adulto lleva dentro es
imprescindible para llegar a comprender, entender y gestionar esta ambivalencia
que llevamos dentro.
A
través de las Constelaciones Familiares y su Visión Sistémica podemos ver, en
una sesión, que es lo que nos separa y obstaculiza integrar en nuestra edad
adulta, nuestro presente, de esa otra que es nuestro niño interior, nuestro
pasado inconsciente, que es la esa parte herida que alberga a nuestro niño
carente y necesitado de afecto, comprensión, reconocimiento, etc. Hay que tener
en cuenta, y esto es fundamental que formamos parte de un sistema con nosotros
mismos. La visión sistémica estudia, analiza y observa como son las relaciones
entre las personas. Y la prioritaria, es la que tenemos con nosotros mismos.
Esta es la fuente que determina el resto de interacciones que tenemos con las
demás personas y sistemas que formamos ya sean de pareja, laborales, sociales…
A
través de los movimientos sistémicos, o movimientos del alma como los denomina
Bert Hellinger, podemos, desde la distancia como observadores, ver y comprobar
dónde están esas heridas, esas brechas de dolor y flaqueza que nos hacen actuar
de una manera determinada y a veces inapropiada. Y nos permiten reconciliarnos
con nuestro ser interno para darle su espacio y su tiempo, para permitirle ser
y estar. “Ese adulto que ahora soy, ya puede encargarse y ocuparse de ese niño
herido, ya puede empezar a darle todas esas cosas que necesita para ser feliz y
vivir en paz”.
Desde
la madurez, desde el ahora, podemos tomar consciencia de lo que queremos, lo
que necesitamos, lo que nos gusta y lo que nos conviene. Esto nos permite
romper con patrones inconscientes de comportamiento y de creencias limitantes
(la mayoría de ellos de origen familiar), y de esta manera encontrar el
equilibrio entre nuestro ser interno y nuestro ser maduro, recuperar desde el
amor a ese niño interior, para llegar a ser una persona más integra, más
coherente, más integra y un poco más feliz.

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